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Una amiga muy querida me dijo hace poco: “el proceso de recuperación de la vida no termina con la última quimioterapia: empieza allí”. Sus palabras me hicieron reflexionar.

Le había dicho a un amigo, también muy querido, que me iba a tomar un descanso en la escritura hasta una asignación que tengo para el último domingo de noviembre. Pero la inspiración para escribir, al menos en mi caso, llega sin buscarla. Así que el sábado pasado, después de experimentar con un nuevo desayuno, de tomarme todos los suplementos para mantener las defensas arriba y evitar recurrencias del cáncer, pasé por mi escritorio y la llama de la inspiración me abrasó.

Había dejado un post sin terminar hace más de un mes y me dije que este era el momento de retomarlo. 

Surgió a raíz de mi participación en la semana de la literatura en un colegio privado bilingüe que tiene tres sedes en el interior de mi país. Si bien publiqué un post al respecto en mis redes, lo que escribí no abarca los sentimientos que experimenté.

Me sentí tan contenta cuando me llamaron para que presentara Chachalaca y su viaje inesperado. Era la primera vez que estaría sola presentando uno de mis libros. Se trataba de niños de kínder hasta sexto grado, así que tenía que cuidar bien los detalles para que el contenido fuera atractivo para todos.

Además de narrarles el cuento y mostrarles el video de la chachalaca real, quería motivarlos a escribir un cuento inspirado en un animal que rondara su casa; que pusieran a volar su imaginación y que sintieran nacer dentro de ellos su fuego invisible. Que experimentaran que la imaginación no tiene límites. Coordiné previamente con los directores de cada colegio sobre la logística para que los niños les entregaran lo que escribieran. 

Un amigo muy querido me dijo que los niños son los mejores lectores porque no tienen filtros. Y así lo pude comprobar en cada sesión. En las presentaciones, especialmente durante la proyección del video adaptado para niños: Chachalaca y sus amigos, pude escuchar frases como:

“Chuzo, esa casa parece un zoológico”.

“Ya sé de qué voy a escribir, tengo las ideas aquí” (decía una niña mientras se tocaba la cabeza).

“Yo ya escribí un cuento” (esto lo dijo un niño y buscó para mostrarnos una especie de álbum que había hecho después de un viaje a Bocas del Toro).

“Quiero escribir un cuento sobre un venado que está en la casa de mi vecino”.

“Yo escribí un cuento sobre una iguana chiquita que estaba en mi casa”.

Esas presentaciones fueron sin duda un tratamiento de belleza intensivo: no dejé de sonreír en ningún momento mientras los escuchaba.  

Video que preparó la directora del colegio Scala School en Penonomé.

No menos sorprendente fue lo que sentí mientras se proyectaba el video en cada una de las sesiones de Zoom.  Me sentía otra vez una niña: los colores de los tucanes, de los pechiamarillos, de los sangre de toro, de los azulejos, de mi chachalaca o de la guacharaca, como se le dice en otros países… me sentí volver a mi infancia. Si bien durante toda la quimioterapia los había tenido frente a mí cada día, lo que experimenté esos días fue diferente. Lo estaba viendo con otros ojos.

Mientras veía el video que era proyectado a los niños.

Pero esos sentimientos quedaron contenidos ya que se avecinaba octubre: mes de la prevención del cáncer de mama y que permea a la prevención de esta enfermedad en general. Me vi inmersa en varias actividades para las que tenía que prepararme. Hablar en público ha sido uno de mis mayores retos a partir de la publicación en noviembre pasado de Te ofrezco mis puertas. Requiere organizar mis pensamientos y definir qué temas voy a tocar en cada presentación para que no sea algo repetitivo cada vez. Es un arte que todavía no domino. Varias personas me han dicho que tome cursos, pero la verdad es que no estoy para eso. No quiero perder la espontaneidad. Una amiga me ha ayudado mucho y me ha compartido sus secretos que ha adquirido con los años. Poco a poco me he ido sintiendo más segura.

Y fue la charla con mi amiga la que me hizo retornar a los sentimientos que experimenté los días de las presentaciones en los colegios a fines del mes de septiembre. 

Desde que recuerdo, crecí rodeada de naturaleza. La familia de mi papá tenía una casa de veraneo que quedaba como a una hora de la ciudad de Panamá. En las vacaciones del colegio nos mudábamos allí y mi papá venía los fines de semana a pasarla con nosotros. Muchas veces mis hermanas y yo invitábamos a amigas. Eran días de ir al río, a la playa, de mecernos en las hamacas. Nos íbamos de excursión a algún sitio tranquilo y nos poníamos a charlar. Llevábamos una radio casetera y poníamos alguna colección de música. O nos subíamos a un árbol a leer. Terminaba un libro y empezaba otro. Fue la época en que leí toda la saga de Mujercitas, Orgullo y prejuicio, Tom Sawyer, Moby Dick, Rebeca. Ya adolescente, leía novelas románticas, soñando con mi príncipe azul. Fue cuando escribí mis primeros poemas. En las noches sin luna recuerdo acostarme sola en una manta sobre el césped para ver las estrellas. En esa época sabía distinguir cada una de las constelaciones. Ahora ya se me han olvidado.

Pero también, pasábamos al menos un mes con nuestros abuelos maternos. Mi abuela nos llevaba de excursión a los poblados más cercanos, que eran más frescos. Nos deteníamos siempre a comer fresas, dulces de zanahoria y lo que más me gustaba era que mi abuela, que era muy alegre, cantaba y nos animaba a hacerlo. Creo que de allí viene mi gusto por cantar, aunque no sea muy afinada. En esas visitas también compartíamos con nuestros primos hermanos. Todos mis tíos tenían casas grandes. Siempre estábamos en una u otra.  Y así se nos iban los tres meses de vacaciones. 

Con mi prima hermana Maria Elena con quien compartí durante los veranos. Todavía hoy nos mantenemos unidas e incluso me apoya en la venta de mis dos libros en David.

Rememoré todos esos años durante las presentaciones en las tres escuelas. Fueron días de risas y redescubrimientos. 

Si bien durante la quimioterapia pude apreciar la belleza natural que me rodeaba, no fue sino esos días, sentada en el estudio viendo una y otra vez el video que se proyectaba a los niños, que sentí renacer el amor que desde muy joven mis padres me inculcaron por la naturaleza. Crecí rodeada del sol, de las estrellas, de las nubes blancas y de los cielos azules. Todavía hoy me sorprendo al verlos. Me quedo extasiada ante el celaje a cualquier hora del día.

Si bien crecí a nivel espiritual a raíz del encuentro profundo que tuve con Dios en marzo del año pasado, mi cuerpo, que siempre había sido ágil, delgado, lozano, se vio maltratado. En algunos posts dije que no me importaba, pero lo cierto es que si bien ya no es lo prioritario en mi vida sí sentía que necesitaba recuperar de alguna manera mi fortaleza física. Sabía que nada podría ser como antes del diagnóstico del cáncer, pero necesitaba encontrar un balance. Sentir que mi mente, mi cuerpo y mi espíritu estaban en la misma sintonía. 

Y estar en contacto con los niños fue el primer paso para disponerme a lograrlo. Quería otra vez sentir la brisa en mi cara cuando me meciera en una hamaca. Quería otra vez nadar contra las olas en el mar. No ir a un gimnasio refrigerado sino sudar copiosamente después de caminar al aire libre. Quería volver a tocarme la punta de los pies al inclinarme y recuperar la flexibilidad que siempre había tenido. En fin, ser como una niña que solo se deja llevar por la alegría. Ser una niña que otra vez se asombra con lo sencillo de la naturaleza, que puede acostarse en un petate en la noche para ver el cielo y volver a reconocer esas constelaciones que me cautivaron por tantos años.

Sesión de fotos cuando cumplí un año.

La publicación de mis dos libros me hizo entrar en una vorágine de actividades. Si veo el recorrido desde la presentación de Te ofrezco mis puertas el 19 de noviembre de 2019 hasta hoy, la realidad es que no me he detenido. 

Entiendo que necesito un equilibrio: no puedo dedicarme solo a hacer ejercicios y descuidar la parte emocional o espiritual. O solo dedicarme a rezar y descuidar la parte física y familiar. Somos un todo. En guía espiritual el padre me dijo hace poco: «Tere, tienes que vivir en el mundo. No puedes sustraerte de él».

Desde hace más de un mes retomé los ejercicios y son ya parte de mis días. Por primera vez en más de 28 años estoy caminando por mi barrio. He vuelto a sudar copiosamente y me siento feliz. Eso sí, cada día al levantarme escucho las meditaciones de los 10 minutos con Jesús y seguido rezo el rosario. Es algo que ya es parte de mis rutina.

Salgo a caminar con una bolsa liviana de tela para guardar el alcohol, mascarilla de repuestos, poner el celular que llevo enlazado a unos audífonos y así poder escuchar alguna meditación.

Hace unos días, mientras caminaba, las nubes se tornaron de unas formas que tenía mucho tiempo sin ver. Me quedé extasiada. Recordé un momento sublime, el pasado mes de agosto, en el cuentacuentos en la Feria Internacional del Libro de Panamá, cuando les pregunté a los niños que si fueran un ave, a dónde les gustaría volar. Hana, la hija de una muñeca valiente, respondió: “Me gustaría volar al cielo para visitar a mis abuelitos”. Fue una respuesta espontánea, la respuesta confiada de un niño que habla sin filtros, como deberíamos ser todos. 

Hana leyéndole «Chachalaca y su viaje inesperado» a su hermanito Tiago. A Hana la pueden encontrar en su cuenta de Instagram @lashanaaventuras

Yo les digo que a mí también, como a Hana, me gustaría volar al cielo en el lomo de mi Chachalaca para sumergirme en las nubes cuando se tornan en algodones gigantes o cuando, como ese día, adquieren la forma de unas pistas irregulares de hielo o la silueta de una hermosa paloma. 

Escribir un cuento de niños no estuvo entre mis planes, pero se ha convertido en una experiencia mágica. Es un viaje que recién inicia… ¿qué más me espera en este viaje inesperado? 

Alana adaptó el cuento después que se lo leyeron y dijo: Chacalaca estaba en un parque con cuatro casas casas en una jaula».

No lo sé, pero es como me dijo mi amiga: ahora es que recién empieza. 

Que tal si los que leen este post se hicieran la misma pregunta, si fueran un ave, ¿a dónde les gustaría volar?

Comments(5)

    • Myna rojas Pardini de carles

    • 2 meses ago

    Tere, gracias por compartir bellas experiencias,… tantas emociones encontradas y potencializadas desde la perspectiva de los niños 😍. Cuando la escritura fluye nada la detiene, eso combinado con la naturaleza es una explosión de amor..

    • Xenia Garcia

    • 2 meses ago

    ¡Hola Tere!

    Nos preguntas ¿a dónde nos gustaría volar? y lo primero que viene a la mente es ¿Volar? no, no, que va! Ya no somos tan arriesgados como cuando niños. Ahora hasta viajar en avión, me aterra, ja ja.

    Dios me ha permitido varias veces en sueños volar, solo sé que extiendo mis brazos como si fuera pájaro y subo y me muevo en el viento y las nubes. Generalmente lo hago para poder llegar a alguien o a algún lugar que me apremia llegar. Lo que puedo recordar en esos momentos es ver las nubes, los techos de las casas y la gente muy pequeñita abajo. Era tan natural hacerlo, que en el sueño ni pienso que es algo no normal como ser humano que vuele por mis propios medios.

    Las coincidencias no existen, y las veo siempre como mensajes muy particulares de Dios. Ayer justo antes de leer tu nuevo escrito, estaba leyendo el salmo 111 que dice al inicio:

    «Doy gracias a Dios de todo corazón en la reunión y en la asamblea de los justos. Grandes son las obras del Señor; los que las aman desean comprenderlas. Su obra es esplendor y majestad, su justicia permanece para siempre»

    Cuando te leo apreciando a los niños, las nubes y la naturaleza, es esto, el salmo 111. Es lograr ver al creador mediante su creación. Lo detallista, cuidadoso y tierno de Dios mediante TODO lo que ha creado. Injusto es el hombre que no cree que Dios existe, ¿cómo explica tanta hermosura? ¿Un big bang y solo eso? Pues NO! La majestuosidad de la naturaleza y sus leyes, siempre me han invitado a la oración y pienso que tú al escribir sobre ella ya estás en comunicación con Dios, diciéndolo lo que piensas, lo lindo que ves, y lo tanto que lo aprecias como su creador.

    Me alegra muchísimo que Dios te inspire en los pequeños detalles que para muchos pasan desapercibidos.

    Gracias por compartir este nuevo post.

    Un abrazo, Xenia

    • Magally

    • 2 meses ago

    Tere, algún día quiero vivir la experiencia de tirarme en paracaídas . Es la sensación de sentirme cerca al cielo o el de ser libre como los pajaritos lo que pienso es lo fascinante. Pero sin duda que vivir la experiencia de estar cerca del cielo seria el lugar que me gustaría visitar. Me hiciste recordar mis vacaciones, mis viajes también eran al interior a visitar familiares y hacer de todo desde subir a un palo a cosechar mangos o fruta china, asar pepita de marañón, pasear en caballos y los cuentos de miedo en las noches. Gracias por traer a mi mente lindos recuerdos de mi niñez.

    • Clarisa Kelley

    • 2 meses ago

    Tere estuvo muy bonito tu artículo recordando tu nines y como disfrutar de la naturaleza, de leer y poder escribir y los buenos recuerdos y la fe que tienes de seguir para adelante y Dios esta contigo. El libro que tu escribiste y poder hacer tu presentaciones a los niños de diferentes colegios.

    • Rossana Cedeño

    • 2 meses ago

    Amo como escribes!!me haces añorar un mundo que vivi en mi infancia en Bocas del Toro!!gracias por recordármelo!!

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