Hace unos días viví un reto. Es más, he estado meditando, repasando las experiencias que he tenido y he llegado a la conclusión de que tal vez es lo más relevante que haya experimentado en toda mi vida.
Me refiero al honor de haber sido expositora en el Congreso Internacional que fue organizado por el Ministerio de Educación en la Feria internacional del libro de Panamá. Fuimos 13 expositores nacionales y 7 internacionales.

(foto de mi volante)
Cuando me invitaron a ser expositora y me dijeron que tendría que hablar ante 600 educadores casi no acepto. Pero el empuje fue que a mí me gusta mucho exponer. De hecho, la docencia fue una de las carreras que me recomendaron estudiar al terminar la secundaria, pero me decidí por Comunicación Social. Así que al final acepté.
Disfruté todo el proceso: definir el tema, preparar la charla, practicar leyéndola, grabarme y escucharme. Mi objetivo era inspirar a esos 600 docentes. Hubo un momento durante la exposición en que me emocioné a tal punto que tuve que respirar hondo para poder seguir. La audiencia me aplaudió como diciéndome: Sigue, Tere.
¡Qué emoción más grande sentí ese día!
Quiero que de alguna forma este momento quede registrado y por eso decidí escribir este artículo para mi blog.
A continuación, les voy a compartir el texto de mi presentación.

ESCRIBIR PARA TRANSFORMAR
Cómo despertar la voz de los jóvenes
Buenas tardes a todos.
Para mí es un verdadero honor estar hoy aquí, frente a tantos educadores. Le doy las gracias al Ministerio de Educación por la oportunidad de formar parte de los 20 expositores de este congreso Internacional.
Y quiero comenzar compartiendo con ustedes un fragmento de un video que hice hace algunos años, cuando estaba por presentar mi primer libro.
VIDEO 1
Ese señor que vieron allí era mi papá. Y esas mujeres eran algunas de mis profesoras. Mi papá murió muy joven. No llegó a verme convertida en escritora. No vio mi primer libro publicado. Ni el segundo. Ni ninguno de los siete que tengo hoy.
En ese momento no sabía que después vendrían otros seis. Pero al volver a verlo para prepararme para hoy, entendí que esas primeras imágenes cuentan dónde comenzó realmente mi historia como escritora.
Y la mayoría de aquellas profesoras tampoco están ya con nosotros. Pero todos ellos, de alguna manera, están hoy aquí. Porque si no hubiera sido por personas como ellas, por profesores como ustedes, probablemente yo no estaría hoy frente a ustedes. Quizás no tendría siete libros publicados.
Y quizás tampoco amaría la lectura como la amo.
Mi papá hizo algo aparentemente muy sencillo: llevarme a una librería a escoger un libro. Uno de los primeros que recuerdo fue El Principito. Después llegaron los Hardy Boys, Nancy Drew…
Y comenzó un ritual. Yo terminaba un libro y mi papá me llevaba a buscar el siguiente. Así fui formando mi pequeña colección.
Más adelante llegaron Mujercitas y muchas otras historias. Pero había algo muy importante en aquel ritual. Mi papá me dejaba escoger. Se detenía ante la sección infantil y me decía: Tere, escoge. Si tienes alguna duda, me preguntas. Él no podía saber que en cada una de aquellas visitas a la librería estaba alimentando algo que me acompañaría toda la vida: mi pasión por la lectura.
Y hubo también profesores.
Quiero recordar especialmente a mi profesora de Español, Ilan de Figueroa. Ella corregía mis trabajos y me decía que eran buenos. Pero no se quedaba allí. Me decía: Amplíalo. Profundiza. Continúa.
Incluso cuando aquello ya no formaba parte de la asignación. Ella veía algo. Y no solamente lo veía. Me lo decía.
Hoy pienso:
¿Qué habría ocurrido si simplemente hubiera puesto una nota en la esquina de la página?
Quizás nada. Quizás yo habría seguido escribiendo. Pero quizás no. Nunca lo sabré. Lo que sí sé es que, tantos años después, todavía recuerdo su nombre.
Ella creyó en mí. Por ella escribí en el anuario de mi promoción un artículo que se titula: «El comienzo de todo eres tú», que aparece en el video que les mostré. Hace poco me percaté de que ese artículo fue mi primera publicación.
Y eso me lleva a la primera reflexión que quisiera compartir con ustedes:
Muchas veces un educador siembra algo cuyo fruto quizás nunca llegue a ver.
Una palabra. Una pregunta. Un libro. Un: Esto que escribiste es bueno. Un: Continúa. Un: Yo creo en ti.
Puede parecer algo pequeño. Pero puede acompañar a un joven durante toda su vida.
Por eso hoy no quiero hablarles solamente de cómo enseñar a escribir.
Quiero que conversemos sobre algo mucho más profundo:
¿cuántas voces podemos despertar?
Y quisiera que una pregunta nos acompañe durante toda esta hora:Cómo despertar esas voces, las voces de los jóvenes?

AHORA EXPLOREMOS:
¿POR QUÉ ESCRIBEN LOS ADOLESCENTES?
Yo no comencé a escribir porque quisiera ser escritora.
No tenía catorce años pensando: Algún día voy a publicar siete libros. La razón por la que comencé a escribir fue mucho más sencilla. Me sentí enamorada de un chico. Y cuando una tiene catorce, quince, dieciséis años y cree que está enamorada, aquello puede sentirse como el acontecimiento más importante de la humanidad.
Así que escribí. Escribí poemas. Los escribía a mano. Y además los ilustraba con dibujos hechos a lápiz negro. Todavía los conservo. Incluso las tarjetas de mis quince años las escribí a mano, una por una.
Yo no sabía entonces que estaba desarrollando una voz. No sabía de técnicas de escritura. No pensaba en publicar. Simplemente sentía. Y escribía. Y creo que allí tenemos una clave muy importante para comprender la escritura de los jóvenes.
Los adolescentes escriben porque sienten. Se enamoran.Se desenamoran.Tienen miedo. Se frustran. Sueñan. Se sienten incomprendidos. Quieren pertenecer. A veces quieren ser invisibles y, al mismo tiempo, quieren que alguien los vea. Tienen preguntas. Inseguridades. Alegrías enormes. Tristezas que también pueden sentirse enormes. Y no siempre encuentran cómo decir todo eso.
La escritura puede convertirse en un espacio, donde poner en palabras aquello que todavía no se atreven a decir en voz alta. Quiero mostrarles ahora algo muy personal.
Son algunos de aquellos poemas y dibujos que conservé desde mi adolescencia.
No necesitan explicación. Prefiero simplemente que los vean.
A continuación veremos un extracto del video de lanzamiento de mi libro El misterioso enamorado.
VIDEO 2
Cuando miro hoy esas páginas, no veo solamente unos poemas. Veo a aquella adolescente.
Ella no sabía que algún día sería escritora. Simplemente sentía. Y escribía.
Y muchos años después, como vieron, algunos de aquellos poemas terminaron publicados en mi quinto hijo de papel: El misterioso enamorado. Fueron la inspiración para escribir este cuento donde ficciono cómo viví mi primer amor, mi primer beso. Montando bicicleta, leyendo poesía
Por eso creo que antes de preguntarnos: ¿qué quiero que escriban mis estudiantes?, podríamos hacernos otra pregunta:
¿Qué necesitan expresar nuestros jóvenes?
Porque quizás nuestra primera tarea no sea darles una historia. Sino ayudarlos a descubrir que ellos ya tienen historias dentro. Y para escribir hay algo fundamental: sentir que aquello que tenemos que decir importa. Cuando mi profesora Ilan me pedía que profundizara mis trabajos, me estaba diciendo algo mucho más grande que: Escribes bien.
Me estaba diciendo: Lo que tienes que decir vale la pena. Imaginen lo que puede significar ese mensaje para un adolescente.
Pero antes de escribir, yo había hecho otra cosa durante años. Leer. Leía muchísimo. Y estoy convencida de que una de las mejores escuelas para aprender a escribir es la lectura. Leyendo aprendemos palabras sin estudiarlas. Descubrimos cómo comienza una historia. Cómo se construye un personaje.
Cómo suena un diálogo. Cómo una descripción puede transportarnos a otro lugar. Cómo alguien consigue hacernos reír, llorar o tener miedo simplemente colocando palabras una detrás de otra. Comprobar si nos gusta la lectura rápida, los diálogos o un escritor que se detiene en descripciones, párrafos largos.
La lectura va formando silenciosamente al escritor. Pero aquí quiero hacer una distinción.
Una cosa es: mandar a leer. Y otra muy diferente es: despertar el gusto por la lectura.Cuántas veces escuchamos: A mí no me gusta leer. Cuando un joven diga eso, les propongo que no terminemos la conversación. Preguntemos: ¿Qué te gusta? Quizás le gusta el fútbol. El misterio. La música. Los animales. La fantasía. La ciencia. Las historias reales. El romance. Los cómics. La tecnología. Quizás cuando dice «no me gusta leer», lo que realmente está diciendo es: Todavía no he encontrado algo que quiera leer. Mi papá hizo algo muy sencillo conmigo. Me llevó hasta los libros.
Pero después me permitió elegir.
No todos nuestros estudiantes tienen que enamorarse de los mismos libros. Lo importante es ayudarlos a encontrar su puerta de entrada a la lectura.
Y para eso tenemos que conocerlos. ¿Qué les interesa? ¿Qué los hace reír? ¿Qué les preocupa? ¿Qué escuchan? ¿Qué observan? ¿Qué preguntas se hacen? ¿Qué mundo habitan?
Porque para despertar una voz primero tenemos que sentir curiosidad por conocer a la persona que está detrás de esa voz.

HABLEMOS AHORA DE CUANDO LA VIDA SE CONVIERTE EN HISTORIA
Pasaron muchos años desde aquella adolescente que escribía poemas. Estudié.
Me casé. Tuve dos hijos. Trabajé. Hice mi carrera profesional. Pero fui dejando al lado leer y escribir.
Y cuando me retiré de mi trabajo en el Banco General me dije: Quiero recuperar dos cosas que siempre me han gustado: Leer y escribir.
Empecé a ir cada año a la Feria del Libro. En esa época, los talleres de escritura para adultos se dictaban en las mañanas. Recuerdo los de Juan Bolea y los de un escritor israelí. Aún conservo cuentos nacidos en esos talleres esperando ver cuál será el camino que seguirán. Me pasaba todos los días en la feria y no me perdía las presentaciones de los libros.
En 2017 me inscribí en un curso que impartía la profesora Ileana Golcher en la USMA: Escriba y publique su libro. Asistía en la noche. Y lo disfruté al máximo. También conocí a escritores que todavía frecuento. Ileana se convirtió en otra de mis mentoras. Ella me alentó en el sueño, que ya había surgido en mí, de escribir un libro. Y en aquel curso descubrí que lo que quería escribir era una novela.
Después tomé un curso en línea de novela en la escuela de escritura de Penguin Random House con la escritora madrileña Elvira Navarro. Teníamos que escribir las primeras cincuenta páginas de una novela. Cuando terminó el curso, continué trabajando con ella. Yo estaba encaminada. Escribía. Aprendía.Tenía un proyecto.
Y entonces llegó 2019. Me diagnosticaron cáncer de ovario.
Mi mundo se paralizó. Vino la operación. Después la quimioterapia. Quedé congelada. No podía escribir. Mi vida se había detenido. Hasta que me dije: Tengo que ocupar mi mente en algo que me haga feliz mientras la medicina actúa en mi cuerpo. Y lo que me hacía feliz es escribir.
Tomé un curso en línea de escritura creativa básica, para principiantes para despertar la inspiración y vencer la página en blanco. Y poco a poco la inspiración regresó.
Entonces pensé en escribir un artículo para un periódico para crear conciencia sobre el cáncer de ovario dado que había sido muy afortunada de que el cáncer se había descubierto en etapa temprana dado a los controles médicos anuales que me hacía. Un artículo. Nada más. Pero comencé a escribir. Y aquel artículo fue creciendo. Hasta convertirse en mi primer libro: Te ofrezco mis puertas. Lo escribí durante mis seis ciclos de quimioterapia.
No les cuento esto porque piense que para escribir necesitamos vivir algo extraordinario o doloroso. Se los cuento porque allí comprendí algo:
Nuestra vida está llena de material para escribir.
Lo que vivimos. Lo que observamos. Lo que amamos. Lo que perdemos. Lo que nos asombra. Lo que nos da miedo. Lo que nos hace reír. Una conversación. Una mascota. Un recuerdo. Una persona. Un viaje. Una injusticia. Una pregunta. Todo puede ser el comienzo de una historia.
En aquella etapa apareció también otro mentor: Luis Yslas Prado. Había tomado con él dos cursos anteriormente. Y durante mi tratamiento hizo algo que nunca olvidé. Le conté sobre el artículo que había empezado a escribir. Me pidió verlo y me dijo: Tere, esto no es un artículo para el periódico, es una crónica. Sigue escribiendo. Se adaptó a mis circunstancias. Trabajábamos los días en que yo me sentía bien entre una quimioterapia y la siguiente. Y nuevamente alguien aparecía en mi vida para decirme, de una manera u otra: Continúa.
La profesora Ilan lo hizo cuando yo era estudiante.
La profesora Ileana lo hizo cuando retomé la escritura. Elvira me acompañó en mi aprendizaje de la novela.
Luis lo hizo en uno de los momentos más difíciles de mi vida. Y allí hay también una enseñanza para nosotros.
No todos los estudiantes necesitan lo mismo. Al que tiene facilidad quizás tengamos que decirle: Puedes dar más. Profundiza. Pero al que no puede avanzar quizás primero tengamos que preguntarle: ¿Qué te pasa?
No dejemos solo al que tiene talento porque pensamos que no necesita ayuda. Y no descartemos al que tiene dificultades porque pensamos que no tiene talento.
LOS DERECHOS DEL JOVEN ESCRITOR
Preparando esta exposición leí por recomendación de Luis Yslas Prado el libro: Como una novela de Daniel Pennac.
Me parece propicio compartirles algunas ideas en el día de hoy ya que pueden apoyar el tema.
Este libro es sobre el placer de leer y cómo lograr que los jóvenes se acerquen a la lectura sin sentirla como una obligación.
El autor lo ve muy sencillo: muchos niños disfrutan que les lean cuentos cuando son pequeños, pero al crecer eso cambia y desaparece parte del placer.
Cuestiona qué hacemos los adultos para que un niño que antes decía: “léeme un cuento” “Otra vez léeme este” termine diciendo “no me gusta leer”.
También, cómo podemos caer en la trampa que el niño vea la lectura como un castigo y no como un placer. Ejemplo, castigarlo para que no pueda jugar video juegos o ver la televisión, sino termina de leer o de estudiar. ¿Cómo puede ser una recompensa algo por encima del placer de leer?
Así el libro reflexiona sobre cómo padres y profesores pueden recuperar ese gusto por leer. De hecho, Pennac propone sus famosos “diez derechos del lector”, entre ellos: el derecho a no leer, a saltarse páginas, a no terminar un libro, a releer, a leer cualquier cosa y a leer en cualquier lugar.
Me preguntó, ¿qué tal si hoy hablamos de los derechos del joven escritor? ¿Cuáles podrían ser esos derechos?
Se me ocurren por ejemplo:
1. El derecho a equivocarse sin que se les critique 2. El derecho a no saber cómo empezar
3. El derecho a escribir un diario
4. El derecho a disfrutar escribir
5. El derecho a buscar la soledad para escribir
Y a ustedes,
¿qué otros derechos del joven escritor se les ocurre?
Hablemos de LA PÁGINA EN BLANCO
Hay una frase que puede producir verdadero terror: Escriban un cuento.
Imaginen a un adolescente frente a una hoja en blanco. ¿Sobre qué? ¿Cómo comienzo? ¿Y si no se me ocurre nada? ¿Y si está mal? ¿Y si los demás se ríen? A veces interpretamos ese bloqueo como falta de interés. Pero quizás el estudiante simplemente no sabe por dónde empezar. Y aquí quiero contarles algo que cambió mi manera de entender los ejercicios de escritura.
En aquel curso de escritura creativa básica nos asignaron una tarea muy sencilla: Escribe sobre un animal que ronde tu casa. Eso era todo.
Y mi casa está rodeada de aves porque las alimentamos cada día desde hace más de 30 años. Asi que era claro escribir sobre ellas, en especial sobre las torcazas que son las que llegan más. Pero por esos días llegó un ave diferente, y no solo un día, sino otro y otro.
Así que pensé: quiere que escriba sobre ella.
Y de aquella pequeña consigna terminó naciendo uno de mis libros: Chachalaca y su viaje inesperado.
Inspirado en un ave que llegó al entorno de mi casa en los meses de tratamiento. La pregunta del curso me impulsó a escribir sobre ella.
Otro ejercicio decía: Escribe sobre una experiencia que te haya impactado. De allí nació:
Mariana y la ballena, una historia basada en el primer viaje que hice para ver a las ballenas jorobadas, algo que ansiaba pero que parecía imposible ya que me mareo en los barcos desde pequeña. Pero lo logré: fui al médico y me medicaron apropiadamente. Fue una experiencia que me impactó. La pregunta del curso me dejó claro sobre qué debía escribir.
AHORA QUIERO MOSTRARLES EXTRACTOS DE LOS VIDEOS DE LOS DOS LIBROS: CHACHALACA Y SU VIAJE INESPERADO Y MARIANA Y LA BALLENA
VIDEO 3
COMO VEN, Dos consignas sencillas. Dos libros.
Por eso no siempre necesitamos decir: Escribe una gran historia.
A veces necesitamos simplemente ofrecer: una puerta de entrada.
LOS INVITO A VISITAR EL STAND DE LA ACADEMIA PANAMEÑA DE LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL DONDE ESTÁN TODOS MIS LIBROS.
TAMBIÉN, PUEDEN VER LOS VIDEOS COMPLETOS DE CADA UNO EN MI PAGINA WEB TEREDOMINGUEZ.COM O EN MI CUENTA DE INSTAGRAM TEREDOMINGUEZO TAMBIEN EN MI CANAL DE YOU TUBE
Y SEGUIMOS
Y ahora quiero que ustedes experimenten exactamente esa puerta de entrada
Si tienen una hoja, una libreta o el celular , quiero pedirles que escriban. Tranquilos.
No voy a pedirles un cuento. Solo completen esta frase:
Nunca he olvidado el día que…
No piensen demasiado. No busquen palabras bonitas. No se preocupen por la ortografía. No borren. Escriban.
UN MINUTO EN SILENCIO
Ahora deténganse. Algunos quizás escribieron una frase. Otros tres. Y quizás alguno quisiera continuar. Pero fíjense en algo. Yo no les dije: Escriban una historia. Les di una puerta.
Nunca he olvidado el día que… Y detrás de esa puerta apareció algo. Un recuerdo. Una persona. Una emoción. Una imagen.
Eso mismo podemos hacer con nuestros estudiantes. Todavía recuerdo… Si pudiera volver a aquel día… El lugar donde me siento más feliz… Una vez tuve mucho miedo cuando… La persona que más me ha enseñado… Algo que nunca he dicho… Hoy vi algo que nadie más pareció notar… Si pudiera cambiar una cosa… Cada frase es una puerta. Y nunca sabemos qué historia está esperando detrás.
RECURSOS PARA LLEVAR AL AULA
Quiero que esta charla no se quede solamente en reflexiones. Quiero que puedan llevarse algunas herramientas muy sencillas. Estos son algunos recursos que pueden poner en práctica en el aula:
a. Primero crear. Después corregir.
La ortografía importa. La gramática importa. La puntuación importa. Por supuesto.
Pero hay un momento para cada cosa.
Si mientras una idea intenta nacer nosotros señalamos cada error, podemos terminar consiguiendo un texto correcto… pero un joven que ya no quiere escribir.
Primero preguntemos:
¿Qué quieres contar?
Después:
¿Cómo podemos contarlo mejor?
La corrección debe ayudar a crecer el texto. No apagar las ganas de escribirlo.
b. Comenzar por lo cercano
No necesitamos temas extraordinarios. Describe tu camino a la escuela. Escribe sobre alguien de tu familia.
Cuéntame una conversación que recuerdes. Describe un olor que te transporte a algún lugar. Cuenta algo que ocurrió ayer.
Lo cotidiano está lleno de historias.
c. Utilizar detonantes
Una fotografía. Una canción. Una noticia. Un objeto. Una carta.
Una caja cerrada. Una frase. Podemos colocar un objeto sobre una mesa y preguntar: ¿De quién era?
¿Cómo llegó hasta aquí? ¿Qué secreto guarda?
Y ya tenemos una historia comenzando.
d. Dar opciones
No todos tienen que escribir sobre lo mismo. Podemos trabajar una misma habilidad permitiéndoles elegir el tema. La posibilidad de elegir transmite un mensaje: Esta historia es tuya. Y cuando sentimos que algo nos pertenece, nuestra relación con ello cambia.
d. Crear una libreta de ideas
Yo sigo escribiendo primero a mano. Y siempre llevo una libreta conmigo. [MOSTRAR LA LIBRETA] Aquí anoto ideas. Frases. Situaciones. Cosas que observo. Porque las ideas tienen una costumbre bastante incómoda: No llegan necesariamente cuando uno está sentado esperando que lleguen. PAUSA
Llegan caminando. En el carro. En una conversación. Antes de dormir. Viendo algo por la ventana.
Enseñemos también a nuestros jóvenes a observar.
Una libreta de ideas no tiene que calificarse. No tiene que ser perfecta. Puede tener palabras, dibujos, frases incompletas, preguntas. Es simplemente un lugar donde guardar semilla.
EL PROFESOR QUE VE
Y hay una última herramienta que no cabe en una libreta. Ni necesita tecnología.
Ni requiere presupuesto. Mirar.
Miremos al estudiante que escribe bien. Y también al que no escribe. Al que entrega tres líneas. Al que dice: No puedo. Al que parece distraído. Al que mira la página y no comienza. A veces la pregunta no debería ser solamente: ¿Por qué no hiciste la tarea? Quizás también: ¿Qué te pasa? Y cuando veamos potencial, digámoslo.
No pensemos: Él ya sabe que es bueno. Quizás no lo sabe. Mi profesora Ilan podría haber pensado que yo escribía bien y no decir nada. Pero me lo dijo. Y décadas después sigo recordándolo. No subestimemos frases como: Esto que escribiste me gustó. Aquí hay algo. Continúa. Quiero leer más. Quizás ustedes olviden haberlas dicho. Pero un estudiante puede recordarlas toda la vida.
DOS NIÑAS DE NUEVE AÑOS
Quiero terminar regresando al inicio. Comencé hablándoles de una niña de nueve años. Yo. Una niña a la que su papá llevaba a la Librería Cultural cada vez que terminaba un libro.
Quiero terminar hablándoles de otra niña de aproximadamente nueve años. La conocí en 2023, en la Feria Internacional del Libro de Panamá. Yo estaba en el stand de la Librería Hombre de la Mancha firmando ejemplares de El misterioso enamorado. Sí. El mismo libro en el que, tantos años después, terminaron publicados algunos de aquellos poemas de mi adolescencia.
Con cada ejemplar entregaba una tarjeta para que el lector pudiera escribir dos poemas. Sus propios poemas.
Entonces se acercó una niña con su mamá. Le expliqué para qué era aquella tarjeta.
Y entonces la niña me miró y me dijo: Yo quiero ser poetisa.
Se sentó a mi lado.
Y escribió un poema y le dijo a la mamá que quería el libro. Su mamá se lo compró.

A veces pienso en ella.
Me pregunto si seguirá escribiendo. Me gustaría saber si algún día logrará su sueño… puede ser que El misterioso enamorado la impulse a lograrlo. Quizás nunca lo sepa, pero espero que recuerde ese momento conmigo en la Feria del libro de 2023…
Y entonces pienso en mi papá. Él tampoco pudo saber a dónde me llevarían aquellos libros que ponía en mis manos. Como les dije, murió muy joven. No llegó a verme convertida en escritora. No vio ninguno de mis siete libros. Pero hoy sé algo. Antes de que existiera la escritora, él alimentó a la lectora.
Y pienso también en mis profesores. Quizás nunca imaginaron hasta dónde llegaría aquella estudiante a la que alentaban a escribir.
Y entonces pienso en ustedes.Y en esos estudiantes que mañana volverán a sentarse frente a ustedes.
Ustedes tampoco saben hasta dónde puede llegar aquello que están sembrando hoy. Quizás tengan delante a un futuro escritor. A un poeta. A una periodista. O simplemente a un joven que necesita descubrir que tiene algo valioso que decir.
Por eso, si ven una chispa, no la dejen pasar. Díganlo. Esto que hiciste es bueno. Continúa. Profundiza. Quiero leer más. Creo en ti.
Una voz puede despertar otra voz.
Mi papá despertó algo en aquella niña de nueve años. Mis profesores lo hicieron crecer. Otros maestros y mentores aparecieron después. Y quizás, sin saberlo, aquel día en la Feria del Libro yo ayudé a despertar algo en otra niña de nueve años. No lo sé.
Y tal vez ahí esté una de las cosas más hermosas de educar: sembrar aun sabiendo que quizás nunca veremos el fruto.
Por eso, cuando regresen a sus aulas, quisiera pedirles algo muy sencillo.
SEAN ESE PROFESOR.
El profesor que ve. El profesor que escucha. El profesor que pregunta. El profesor que descubre. El profesor que inspira.El profesor que cree. Ese profesor cuyo nombre un estudiante recuerde dentro de diez, veinte, treinta o cincuenta años y pueda decir:
Él vio algo en mí. Ella creyó en mí. Ese profesor cambió algo en mi vida. Porque enseñar a escribir no es solamente enseñar a ordenar palabras. Es ayudar a un joven a descubrir que tiene una voz.
Y hacerle sentir que lo que piensa, lo que siente, lo que vive y lo que sueña… también merece ser contado.
Muchas gracias.